EL NEGRO: ANTES DE SER DOLINA.

 

                                                       En aquella época tenía un sólo traje, y manejaba un Fiat 600, aunque deambulaba las noches porteñas a pie, o en colectivo. Tal vez de esas noches surjan sus humoradas radiales de “los tipos que junan a ver si viene el bondi, en la oscuridad de la noche”. Era habitué de las reuniones en la casa de Eduardo Grossman, –Junín y Charcas -allí había un momento de humor. El Negro, como le decían cantaba deformando la letra de tangos o el Himno a Sarmiento, y contaba la última cena en versión gauchesca. O tal vez la fábula de Hansel y Gretel, hablando como un reo. Carlos Chanetón era otro de sus amigos, que acompañaba con la guitarra. El Negro tocaba bien el acordeón a piano, y le gustaba cantar. Ya en ese entonces sabía tangos de memoria. En 1974 estudiaba derecho, dormía poco, y casi no despertaba antes de las diez de la mañana. Trabajaba en Radio Argentina, en el programa Plin Caja, conducido por Mario Mactas y Carlos Ulanosky. Hacía de un cronista mentiroso que simulaba estar en la casa de alguna estrella, o en un lugar histórico como el Congreso de la Nación.

 

En esta foto Alejandro Dolina, junto a Adolfo Castelo y Guillermo Stronatti, en su programa postdictadura de principios de los 80. Demasiado tarde para Lágrimas.

Cuando llegó el golpe de Estado en marzo de 1976, Mario Mactas y Carlos Ulanovsky se exiliaron. Dolina se quedó en el país, y trabajó principalmente como creativo publicitario. También, a partir de 1978, empezó a colaborar en la revista Humor y es allí donde nacieron sus principales personajes literarios: Manuel Mandeb, Jorge Allen, el ruso Salzman y los hombres sensibles de Flores. Tuvo también una intermitente actividad como músico. Hacía jingles como el del Banco Popular Argentino o el todavía vigente de El Gráfico. También fue autor, un poco más adelante, de la mayoría de las melodías de la tira Clemente –creación de su amigo Caloi– y tocó el acordeón o fue cantante en algunas películas argentinas, como El rigor del destino. 

 

El flaco, otro de sus apodos, incurría en otra de sus pasiones, jugar al fútbol con la barra de los martes. Ya casado, vivía más afuera que con su mujer, Alejandro Dolina estaba gestando su futuro casi sin darse cuenta. Tras el golpe cívico-militar de 1976 trabajaría como creativo publicitario e incursionaría en la revista Humor. “Yo me había preparado para ser un músico, para ser un narrador”. dijo en una entrevista el negro Dolina, Y vaya si lo es.

 

 

 

 

 

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