Ramos: Un viaje sin retorno.

«Y buscaba de donde viene el mal, y lo buscaba mal, y no veía el mal que había en mi propia búsqueda». San agustín Confesiones. Acápite de El Camino de la Luna.

1. Un argentino me presenta una brasilera.

Pablo Ramos, nacido en 1966, en una Argentina industrial, y cuando «ser pobre era tener 30 milanesas en tu casa, para invitar a un amigo que comía salteado» -asegura el autor en una de sus entrevistas-, escribe para conmover, para ser conmovido. Cada palabra es portadora de sentido ético y estético.

Arturo Humberto Illía, el nacido en Cruz del Eje, aquel que sus vecinos y amigos le habían terminado la casa, sería derrocado. Illía, Partido Radical, quiere, con buenas intenciones, pero no puede. Otra vez, (¿Y van?), las Fuerzas armadas interrumpen la vida democrática. En esta ocasión, con un general de cursillismo católico, y plan económico bien liberal. Es decir moralina, ajuste y represión. Sí, esa mezcla de conservadores y liberales, bastante difícil de entender. El general Juan Carlos Onganía y el ministro de economía Adalbert Krieger Vasena, piezas claves de una nueva dictadura. Es en esta Argentina que nace el autor de varias novelas y dos libros de cuentos.

Pero no quiero escribir sobre historia. Es el mismo Ramos que me lleva de una entrevista a otra, cada una de ellas es interesante, un manual de literatura, es en uno de esos reportajes que nombra a una ucraniana, que ejerció el periodismo y escribió libros hermosos. Una brasilera, que te enamora escribiendo. Ahora es verano, y el que escribe se va al norte, y se lleva La Pasión según G.H, de Clarice Lispector.

Por las irregulares calles que poblaron los indios omaguacas, llueve tenuamente. Me paro en un alero, y sin nada que hacer, leo, y, no puedo parar, comienzo a morfarme el libro.

2. El Viaje

Tampoco escribo sobre mi estadía en Humahuaca, escribo sobre un viaje, sobre mi viaje que es entrar en la literatura de Pablo Ramos. Viajás con lo que escribe y aquello que lee. Ramos antes que nada es lector. Y así vuelvo a los cuentos de John Cheever, leo relatos de Abelardo Castillo, y me compro un libro de otra mujer, Liliana Heker. Ambos, (Heker y Castillo) «profes» de un taller literario al que Ramos asistía tras haber ido preso por estafa, y ser adicto. Sigo con alguna de sus notas, y me entero que nació en Sarandí, en la parte pobre de Avellaneda, y que a los trece o catorce vagabundeaba por el doque, junto a su hermano Gabriel, trabajando de lo que podían. Dato: nunca fue a la escuela secundaria.

Cita poemas de Borges de memoria, conoce la trama de algunos cuentos de Castillo, como la palma de su mano. Además maneja un estilo narrativo, conoce el lenguaje, y habla de literatura con una precisión mayor al de un profesor de secundaria, y un engreído estudiante de letras de la UBA. De casualidad, como suceden las grandes cosas, llega a mis manos Cuando lo peor haya pasado. Relatos que se te quedan mirando, a lo Carver, pero de alguien que camina el viaducto, La Paternal, que habla con un puestero de diario, y que se mete en los bares a encontrarse con aquellos que no hicieron más que fracasar.

Ramos, el apellido de su madre, que él toma por el apellido Reyes, el de su padre. Aquí algo de su vida, que tambien es o parece literatura.

3. Mi amiga; hace rato, que no lee algo así.

Escritura existencial, todo el tiempo se siente el alma de las cosas, del que narra. La cana se lleva a un pibe, a un raterito. La gente se junta en el barrio, y se oyen los discursos de siempre, la sensación que tengo es que solo falta un clasemediero que diga, «Hay que matarlos a todos». Y Aparece esto, el bajón de una tarde que se va,

«En la esquina el sol se ocultó, tras unas nubes y la gente se dispersó en silencio; como si toda la tristeza que hasta ese momento habíamos ignorado hubiera descendido para siempre sobre nosotros». (Un Relato Constante).

Dejé de sostener el techo y se me vino encima, como se me viene encima el vino al amanecer,suenan Los Tipitos, en la radio. Una amiga estudiante de Letras, ya es fana de él, dice que «hace rato que no lee algo así», ese algo así, es una novela, La Ley de la Ferocidad. Yo continuo con relatos, y me compro, El camino de la Luna. Y la literatura no son palabras lindas y vacías, la literatura de Ramos, por momentos te duele en la boca del estómago, te angustia y te deja pensando ¿qué sentido tiene todo esto?. A lo San Agustín, te deja expuesto, en la tentación. En el pecado de la carne que es cada uno de nosotros. Pienso en el autor, que se define como católico y peronista.

Y en el medio, amores, drogas, adicción al alcohol, comisarios reventados y de cuarta. También hay barrio , y el dolor de lo que se perdió, de lo que ya no es. Un padre cuya relación fue conflictiva, por momentos imposible, un abuelo anarquista y tanguero. La muerte de tu viejo, que te hace revivirlo, y escribir una historia, tu historia, esa que volcás al papel para sacartela de encima, como dice Ramos, «escribo para entender».

Me voy a leer, La Ley de la Ferocidad, abro al azar, una página cualquiera, y, esto:

«Temor de mirar. El barrio de donde yo pasé mi infancia ya no tiene que ver conmigo, no me nada, ya no puede ofrecerme ninguna felicidad y supongo que mirarlo es enfrentarme a esa verdad (…). Sonrío. no puedo esquivar el tango. Lo llevo en la sangre materna. Mi abuelo Reyes, el cantor, me lo metió hasta los huesos. Racing, el tango. Arsenal. El silbato del tren. el viaducto que se tuerce y encara hacia las torres de Güemes. Olores de Comida de la tarde. Buñuelos, grasa líquida que todo lo alegra y lo envenena. Mate y novela de la tarde. ¿Que hay de malo en lo bueno? ¿de qué está medio lleno el vaso que siempre veo vacío?

Es domingo y tengo una cita en un bar con la ferocidad. Será con un tal Gabriel Reyes. Gabriel, el nombre del hermano de Pablo , y Reyes el apellido de su padre. Le sugiero lector, no se lo pierda. Vaya a leer a Pablo Ramos.

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