Julio Cortázar: Torito de Mataderos.

“Que le vas a hacer, ñato, cuando estás abajo todos te fajan. Todos, che, hasta el más maula. Te sacuden contra las sogas, te encajan la biaba.”  (Cortázar, J. Torito, Cuentos Completos 1. Pág.519).

 

I

Justo Suárez.

 

                                                      Se cuenta, aunque otros aducen que es parte de la construcción del mito, que a los once años se trompeó con un tipo de 40, y no le fue mal. Es una noche fresca de marzo, y un uppercut hace temblar al bulldog de La Plata: Julio Mocoroa. La pelea es por el título Argentino de Peso Liviano. Había nacido en el amanecer de 1909, un 25 de enero, rodeado de una veintena de hermanos en Mataderos. Se llamaba JUSTO ANTONIO SUÁREZ. Pronto tuvo que ganarse el pan como lustrador de botas y más grandecito, -a los once- sacando la grasa liviana de las canaletas. Aprendió a defenderse en la calle, donde prevalece el más guapo, y a los 14 años peleaba en peso mosca. Su gran campaña la desarrolló cuando el mundo se caía financieramente a pedazos entre 1928 y 1930.

 

El tango, presente en el cuento de Cortázar. Aquí la música de Modesto Pavero y la letra de Venancio Clauso.

 

 

                                                            Es en la Avenida Alvear-Hoy  Libertador) y Tagle, la antigua cancha de River, en donde la mitad de los aficionados-gente bien– hinchan por Mocoroa. A él, quiere verlo ganar el populacho, los vendedores ambulantes, obreros, y canillitas. Y lo hará por puntos, consagrándose ante unos 40.000 espectadores.

                                                  Triunfó tanto en el el Luna Park, como en el Madison Square Garden, donde hizo besar la lona a un puñado de norteamericanos. Una noche Billy Petrole acabó con su suerte, con sus aspiraciones de campeón mundial. De la cumbre se fue a la lona de la vida. La tuberculosis empezaba a afectarlo, y su divorcio no tardó en llegar. Era la caída del campeón sin corona.

 

 

II

Torito.

 

                                      “Pucha que son largas las noches de invierno, te acordás del pibe del almacén como lo cantaba. Pucha que son largas…Y así ñato. Más largas que esperanza ´e pobre.”  Interminables noches para el Torito que supo triunfar en el Madison Square Garden en Nueva York. Cortázar juega con otra imagen, no la del campeón, sino la del boxeador derrotado, golpeado que termina en la cama del hospital. “Todos dijeron que me hubiera convenido, que hice la gran macana de  levantarme a los dos segundos”. Continúa, en su soliloquio Justo Suárez, lamentándose, no dice, pero suponemos que el rubio que lo volteó es más joven. “Lo que es la confianza, ñato. Me barajó de una piña que te la debo.”  Y ahora las contradicciones de la vida, aquel fortachón que se trompeaba con tipos de cuarenta años, ahora está frágil en una cama, y depende de una mujer, su hermana. “Después te vienen con el jarabe y los pinchazos. Pobre la hermanita. Ni mear solo puedo.” 

Joven Cortazar

                                                          Nuestro ídolo va a morir tuberculoso en la cama de un hospital cordobés.

                                                                                                           Tal vez la historia de muchos boxeadores argentinos, de la gloria al derrumbe total. Según el relato de Cortázar allí parece estar en sus últimos días, añorando sus años de vigor y de éxito. La enfermedad se hace presente: Pa peor la tos” Y continúa, “en una de esas te agarra la tos, y dale que dale, y por ahí uno de otra cama se rechifla y te pega un grito”. Además de enfermo lo pelea el de la otra cama, y él sin fuerzas para levantarse y trompearlo, aunque aclara, “Puras macanas, che, nunca me agarré a trompadas en la calle”.

                                                   También muestra la fortaleza del ídolo, el tiempo de esplendor; recuerda así las fotos de la revista El Gráfico, y cuando se empilchaba y paseaba por las calles porteñas con su Graham Paige, en busca de una aventura. Un terreno que le compra a la madre, será parte de sus logros. Y después, una pelea en la vieja cancha de River, contra un inglés. Fue una noche de 1929 contra el campeón amateur Fred Webster, casi un trámite, el combate sucedió similar a como se narra: “Como el pobre zurdito, que lo llevaron a River en un año, y en dos meses se vino abajo que daba miedo”. Y sigue, “Pobre rubio. Lindo pibe. (…) Che, y el príncipe ahí abajo, eso fue grande, a la primera finta que me hace el rubio le largo la derecha en gancho y se la meto justo justo. Te juro que me quedé frío cuando lo ví patas arriba“.  Lejos estaba de la fiereza de los tanos o los gallegos de acuerdo al relato.

Un tocadiscos los acompañaba a todos lados, el Tango y el Box, eran sus dos pasiones.

Justo Suarez

 

                                                 En el final se cuenta su último combate, cuando ya la tuberculosis lo tenía a maltraer, tanto como su entorno que en desgracia lo había abandonado. Era una sombra de sí mismo, lanzando golpes contra un destino que le hacía fintas. Su rival era un amigo, Juan Pathenay, “pensá lo que fue, pibe mejor no acordarse”. En otro tramo agrega. “Y claro, se me iba para todos lados y yo no estaba bien (…) te juro que tenía un cansancio en el cuerpo”

                                                    Agotado en sus días finales, no quiere ni recordar ese sufrimiento, y remata: Pero mejor cuando no soñas, pibe, y estas durmiendo que es un gusto y no tosés ni nada, meta dormir nomás toda la noche dale que dale”. La campana del ultimo round sonaba, era el 10 de agosto de 1938, se apagaba la vida del campeón.

 

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